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La democracia de los números   Message List  
Reply | Forward Message #729 of 754 |
Este artículo fue publicado en el Semanario Brecha del 23 de julio
de 2004. En mi opinión está al alcance de la razón y por eso lo
posteo, saludos.

LA DEMOCRACIA DE LOS NÚMEROS


Los números embelesan. Quien consigue presentar sus puntos de vista
sazonados con unos cuantos números o, en su defecto, fórmulas
matemáticas, parece haber alcanzado el dominio del lenguaje de la
tribu. Otra cosa es que, cuando se miran de cerca, los números o las
fórmulas tengan sentido.

Félix Ovejero Lucas*

A veces hay suerte y un matemático bien dispuesto nos advierte del
camelo, como sucedió hace unos años cuando el ahora tan celebrado,
Bin Laden mediante, Samuel Huntington vio paralizado su nombramiento
para la Academia Nacional de las Ciencias en Estados Unidos después
de que un miembro de aquel gremio se entretuvo en mostrar que
sus "fórmulas" eran pura palabrería, carentes de la mínima
especificación para resultar significativas. En otras ocasiones
opera la honestidad de los investigadores. Así pasó con uno de los
más brillantes premios Nobel de economía, Kenneth Arrow, quien
durante la Segunda Guerra Mundial advirtió al Estado Mayor que su
trabajo en el servicio de meteorología no servía para nada, que sus
previsiones no diferían del azar. Cierto es que su honestidad sirvió
de poco, porque la respuesta fue: "El general en jefe es consciente
de la inutilidad de las previsiones. Sin embargo, las necesita por
motivo de planificación". Lo dicho, la fascinación de los números.

Pero no siempre hay matemáticos a mano que fiscalicen u honestos
investigadores que reconozcan la inutilidad de sus trabajos. Es una
pena, porque vivimos una verdadera borrachera de
seudocuantificaciones. Sucede con buena parte de los "informes
técnicos" que sirven para justificar decisiones políticas tomadas
por razones de pasillo, y sucede sobre todo con encuestas de opinión
a propósito de cualquier cosa. El resultado es que acabamos por
aceptar como verdades indiscutibles tópicos que caminan de aquí para
allá sin que nadie se moleste en echar el freno y mirar desde el
principio si los datos son pertinentes y si realmente dicen lo que
nos cuentan, si autorizan las inferencias que se hacen al buen
tuntún. Cuántas veces, ante unos resultados electorales, hemos
escuchado afirmar que "el pueblo no ha querido que el partido
ganador obtenga la mayoría absoluta". Eso es como pensar que alguien
pudo decir alguna vez "nos vamos para la guerra de los treinta
años". Los resultados electorales son la suma de millones de
voluntades que optan cada una por un partido diferente y que por
supuesto no "eligen" individualmente el resultado final. En eso no
hay diferencia esencial con los atascos automovilísticos de los
fines de semana. También éstos son el resultado de muchas voluntades
individuales, pero nadie los decide.

Las consecuencias de esas malas lecturas de los números no son
inocuas. En un grupo de diez personas, una mayoría, seis, puede
hablar una lengua; otros seis, otra mayoría, hablar otra; y sólo dos
de ellos manejarse en las dos lenguas, por lo que no sería correcto,
a partir de los datos, afirmar que la mayoría es bilingüe y aun
menos que "la comunidad es bilingüe" (por lo demás, en realidad, los
bilingües son los individuos, no las sociedades). Pero no hay que
extrañarse de que las lecturas rápidas se produzcan. Lo que parece
importar es que existan opiniones y se puedan contar y sumar y para
eso las encuestas son un filón. Da lo mismo si la encuesta es
delirante, si lo que se pregunta es si "cree usted que los males de
África proceden de la corrupción o de otra causa", como se pudo
escuchar recientemente en una cadena de televisión. Eso es casi como
preguntar si le cae bien la constante de Planck. En otros casos, las
encuestas no revelan tontería, sino directamente mala fe, como
sucede cuando se pregunta, sin más, si "quiere usted pagar más
impuestos". Por supuesto, el resultado de esas encuestas nada nos
informa sobre lo que pasa en África o sobre las ideas de nuestros
conciudadanos acerca de una sociedad justa, a lo sumo nos dice algo
sobre cómo están de informados o de hasta qué punto son
manipulables. Algo más nos dice acerca de la calidad de
ciertos "investigadores". No sería mala cosa alentar cierta
sensibilidad en la ciudadanía a la hora de atender al consumo de
números. Quizá habría que pensar, más en veras que en bromas, en
crear algo así como una oficina de higiene alimentaria de "datos".
Su tarea no sería tanto determinar si a los ciudadanos se les están
presentando números imposibles o fórmulas tramposas, tarea para la
que están las comunidades científicas y que mal que bien cumplen,
como actuar sobre lugares intermedios, sobre los creadores de
opinión para que, por torpeza o tontería o malevolencia, no
suministren mala información o, por lo menos, no la interpreten
indebidamente cuando no es mala. Mientras las cosas sigan como
están, seguiremos realizando nuestros juicios y decisiones a partir
de información incorrecta, que es lo mismo que decir que seguiremos
con juicios equivocados y decisiones erradas.

No creo que sea exagerado conjeturar que esa fascinación por los
números tiene bastante que ver con ciertas ideas acerca de lo que es
la democracia, que buena parte de la explicación de la
idolatría "cuantitativa" es patología constitutiva de eso que se da
en llamar "democracia mediática", si es que entiendo bien la idea,
si es que hay una idea a entender. Lo que importa no es tener
opinión formada, sino tener opinión y poder echar las cuentas. Se
tiene opinión sobre la emigración como se tiene opinión sobre los
refrescos, con el mismo fundamento. Después, los partidos atentos a
las encuestas, como los tenderos a los estudios de mercado, elaboran
estrategias y compiten por los mercados de votos. El conjunto del
sistema se juzga democrático porque uno es libre de "escoger sus
opiniones", o más exactamente, porque existe una pluralidad
informativa que permite a los ciudadanos "escoger sus opiniones". El
problema de esta concepción de la democracia es que no se "eligen"
las opiniones políticas como los refrescos, o al menos no debería
ser así. Porque, sí, hay varias opciones y, por así decir, uno
escoge, pero... ¿según qué criterio? En el caso de los refrescos la
cosa está más o menos clara. En las opiniones, no tanto. Aquí no se
puede echar la raya sin más y hablar de éxito de ventas sin atender
a las condiciones informativas en las que las opiniones se forman.
El meollo es ése: las opiniones no se eligen, sino que se forman. No
basta con la posibilidad de opiniones diferentes, también es
necesario que se pueda discriminar entre ellas.

En un reciente libro, Republic.com, un importante constitucionalista
estadounidense, Cass Sunstein, ha descrito con minuciosa pulcritud
los peligros que para la democracia supone un sistema en donde
uno "elige" la información a la que quiere exponerse, en donde cada
uno compone la base informativa de sus juicios. En tales casos los
individuos sólo atienden a aquellos datos y fuentes que avalan sus
opiniones previas, circunstancia, por cierto, que, según muestran
ciertos experimentos, hace que siempre se acabe por recalar en la
formulación más salvaje de las propias ideas. Para juzgar opiniones
hay que tener criterios, y éstos se forman en el reto de la
argumentación y el contraste. Si puedo escoger atender sólo a los de
mi tribu, si puedo decidir no escuchar la discrepancia, la decisión
está tomada de antemano. Situación que se agudiza con las
posibilidades abiertas por las nuevas tecnologías que permiten
un "consumo" -y la palabra es cínicamente precisa- de información a
la carta, que permiten que sólo se siga cierto tipo de información,
sobre lo que le interesa y con el punto de vista que se quiere.

Nada de lo anterior quiere decir que los "números" sean siempre
irrelevantes y las opiniones deban desatenderse. Por supuesto que
tiene sentido preguntar la opinión de la ciudadanía sobre la
inmigración. Otra cosa es que tomemos las opiniones como punto
final, como expresión sin más de la "voluntad popular" y el
horizonte de las decisiones políticas. La espontaneidad no es una
virtud. Las opiniones a bote pronto, si es que existe algo que se
pueda llamar de ese modo, acaso pueden interesar a los psicólogos,
pero no son el territorio sobre el que cimentar las decisiones sobre
la vida colectiva. En una sociedad democrática, los ciudadanos han
de tener garantizada no sólo la posibilidad de hacer valer sus
opiniones, sino la posibilidad de formarse esas opiniones con
ciertas garantías de calidad. Posibilidad que no queda asegurada con
la existencia de diversos paquetes informativos encapsulados, entre
los que "hay que escoger", sino que requiere que todas las opiniones
estén en todas partes, que los ciudadanos se vean expuestos al
debate y se sientan retados a poner en orden sus opiniones. De lo
que se trata es de que los ciudadanos, a la hora de juzgar, estén en
mejores condiciones. Bueno, se trata de eso y de que luego sus
juicios puedan traducirse en decisiones políticas. De otro modo, no
sin lamento, habrá que pensar que no le faltaba razón al fatigado
exabrupto borgiano según el cual "la democracia es un abuso de la
estadística".

* Profesor de ética y economía de la Universidad de Barcelona.






Wed Aug 25, 2004 9:27 pm

chanchocan
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chanchocan
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